Este espíritu crítico y de superación llevó a la compañía a enfrentarse a un ejercicio de autoanálisis con el fin de revisar y revitalizar sus valores de marca, su posicionamiento y su identidad visual. Después de 29 años en el mercado se hacía necesario rejuvenecer un sistema visual excesivamente maduro. Bajo estos parámetros se decidió enfocar el proyecto como una revolución más que como una evolución, Moguerza necesitaba dar un golpe en la mesa y contar al mundo que la excelencia en sus productos y servicios también estaba presente en su forma de presentarse y comunicarse con el mundo. Los insights claves para la construcción de la nueva identidad visual fueron, la necesidad de modernizarse visualmente para diferenciarse dentro de un sector cada día mas update con su estética corporativa, simbolizar la excelencia en sus productos y servicio y visibilizar plásticamente el espíritu honesto, cercano y transparente, mantra de la compañía. Estos conceptos se trasladaron en primera instancia a la expresión mínima de la marca, el logotipo. Una expresión mínima basada en dos elementos, un logotipo y su isotipo, el símbolo.














